Antes de iniciarse en la música, Miguel Bosé actuó en más de una decena de películas. Su llegada al mundo de la actuación fue, casi, accidental: un amigo cineasta de su madre le preguntó a un adolescente Bosé si quería interpretar un papel y sin pensarlo mucho accedió a viajar a Egipto, donde por tres meses trabajó en varios puestos, además de interpretar a un soldado con un solo diálogo al que le pegan un tiro.
A cinco décadas de ese suceso fortuito, Miguel Bosé, el artista consumado con extensas discografía y filmografía, recordó su entrada a la actuación en una conversación con Alejandro Ramírez, Presidente del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), y la directora y cinefotógrafa Victoria Clay Mendoza, previo a la función de Tacones lejanos (1991, dir. Pedro Almodóvar) en el 21er FICM.
Frente a un Teatro Matamoros abarrotado y entre risas del público, Miguel Bosé contó que participar en Tacones lejanos implicó una construcción física del personaje agotadora: “Ahí empezó la agonía”. Horas de maquillaje, estiramiento de piel y prótesis pesadas eran una necesidad.
Sobre el trabajo con Pedro Almodóvar, afirmó que el director tenía todos los tonos y personajes muy claros en la cabeza: “En efecto, Pedro es muy avasallador. Hay que saber escapar. A un director hay que aprender a sorprenderle”.
Pero aunque aprendió, gracias a los consejos de la actriz Victoria Abril, que no debía hacerle mucho caso a las indicaciones de Almodóvar, porque “un buen director es un mal actor”, no había posibilidad para la improvisación.
“[Pedro Almódovar] no permite ni media coma de cambio, ¡jamás!: ‘la frase es la frase, la coma es la coma, la pausa es la pausa, y si yo creo que tienes que decir una cosa, te lo voy a decir; no lo cambias tú’”, citó Miguel Bosé.
Previo a la función, Miguel Bosé aceptó regalos de sus fans y develó una butaca en su honor que permanecerá en la Sala 4 de Cinépolis Morelia Centro.
Y advirtió, orgulloso, al público: “Se van a dar cuenta de que sigo conservando esas espléndidas piernas”.